Por: Rafael Páramo
Platiquémoslo sin consignas, porque ese es justo el problema. Cada vez que Estados Unidos, y aliados, intervienen un país, por ejemplo, Venezuela, la conversación se rompe en dos mitades que ya no se escuchan. De un lado, quienes justifican cualquier acción con tal de derrocar al dictador en turno. Del otro, quienes creen que criticar a Washington equivale automáticamente a absolver al gobierno en cuestión. Y en medio, el ciudadano común, confundido, polarizado y empujado a elegir bando en lugar de pensar.
En el contexto más reciente, no se trata de defender a Maduro. Tampoco de justificar a Trump. Se trata de algo aún más incómodo, la normalización de una política internacional basada en el saqueo de recursos, sostenida por el uso “legítimo” de la violencia. Ante tal suceso, la pregunta inevitable. ¿Para qué existe la política si, cuando estorba, se reemplaza por la fuerza?
Noam Chomsky lleva décadas advirtiéndolo, “la política exterior de las grandes potencias no se guía por principios morales, sino por intereses estratégicos, envueltos después en un lenguaje moral”. Venezuela encaja perfectamente en ese patrón. Sanciones, bloqueos, amenazas, discursos sobre derechos humanos, todo cuidadosamente empaquetado para ocultar lo esencial. El control geopolítico y los recursos estratégicos.
Chomsky no excusa a los gobiernos autoritarios, pero insiste en que la responsabilidad principal recae en quien tiene el mayor poder. Criticar el imperialismo estadounidense no es simpatizar con dictaduras; es exigir coherencia ética. Si los derechos humanos son universales, no pueden invocarse selectivamente.
Slavoj Žižek va un paso más allá y apunta al corazón del sistema. Para él, el problema no es sólo la intervención, sino el capitalismo global como estructura que necesita crisis, enemigos y guerras “humanitarias” para sobrevivir. Žižek lo dice que “las guerras contemporáneas no se libran por valores, sino para mantener la lógica del mercado funcionando”. Por tanto lo ocurrido en Venezuela no es una excepción, es un síntoma.
Y aquí aparece la gran hipocresía. Se condena el autoritarismo venezolano mientras se toleran, justifican o incluso celebran intervenciones que destruyen países enteros. Irak, Afganistán, Libia. La lista negra es larga y el resultado, casi siempre el mismo. Estados fracturados, millones de desplazados y recursos estratégicos redistribuidos.
Por otro lado, Byung-Chul Han nos aporta otra capa al análisis, una más silenciosa pero igual de inquietante. El poder ya no se impone únicamente con tanques; se impone con positividad, con narrativas que hacen parecer la violencia como algo necesario, inevitable, e inclusive “bueno”. La intervención se vende como ayuda. El bloqueo, como presión legítima. La destrucción, como daño colateral. Todo debe verse limpio, transparente y eficiente. Así, sin negatividad y sin culpa.
Pero el dolor sigue ahí, sólo que invisibilizado. El sufrimiento del pueblo venezolano no se mide en comunicados oficiales ni en índices bursátiles. Se mide en migración forzada, escasez, vidas suspendidas. Y aquí Enrique Dussel fue contundente al señalar que “toda política que no tenga como principio la reproducción y el desarrollo de la vida humana es éticamente inválida”. Las sanciones económicas, desde su ética de la liberación, son violencia estructural, aunque no disparen una sola bala.
Dussel no idealizó al gobierno venezolano. Señaló la responsabilidad de las élites locales, tanto oficialistas como opositoras. Pero insistió en algo fundamental, que la solución no podía venir desde Washington. En este sentido la autodeterminación no es un lujo ideológico, es una condición mínima de justicia. Imponer “democracia” desde fuera es sólo otra forma del viejo mito colonial de “el salvador”.
Y entonces volvemos al ciudadano común. ¿De qué sirve seguir las reglas, creer en el derecho internacional, hablar de legalidad, cuando queda claro que la ley se dobla para quien tiene poder militar y económico? ¿Qué mensaje se envía cuando la fuerza se convierte en argumento político?
El dicho lo resume mejor que cualquier tratado: “Si las barbas de tu vecino ves cortar, pon las tuyas a remojar”. Hoy es Venezuela. Ayer fue Irak. Mañana puede ser cualquiera que tenga algo que alguien más desea. La lección es incómoda, pero urgente, sin pensamiento crítico, sin información y sin organización, la política se reduce a propaganda y la violencia se vuelve rutina. Y cuando eso pasa, los que nunca deciden las guerras son los que siempre pagan sus consecuencias. La pregunta final no es a quién apoyas. La pregunta es: ¿cuánto tiempo más vamos a llamar política a lo que, en el fondo, ya es barbarie administrada?

