Por. Patricia Sepúlveda
La reflexión sobre la presencia de las mujeres en la diplomacia mexicana parte de una pregunta que, aunque aparentemente descriptiva, revela una ausencia estructural en la historia institucional del país: ¿cuál ha sido el lugar real de las mujeres dentro del ejercicio diplomático? Algunos estudios muestran que, si bien México ha adoptado formalmente una política exterior feminista desde 2020, este avance normativo contrasta con una realidad marcada por la persistencia de desigualdades sustantivas. La sobrerrepresentación masculina en los cargos de mayor jerarquía del Servicio Exterior Mexicano evidencia que la institucionalización del discurso de igualdad no ha sido suficiente para transformar las dinámicas internas de poder que históricamente han limitado la participación femenina en la toma de decisiones estratégicas.
Desde una perspectiva teórica existen planteamientos que cuestionan los enfoques tradicionales de la disciplina, señalando que conceptos como seguridad, liderazgo y racionalidad han sido construidos desde parámetros masculinizados. Esta mirada permite comprender que la exclusión de las mujeres no es accidental ni reciente, sino resultado de un entramado simbólico e institucional que ha definido quiénes son considerados sujetos legítimos de la política internacional. Así, la diplomacia deja de ser entendida únicamente como un espacio técnico y se revela como un campo atravesado por relaciones de género profundamente desiguales.
Uno de los ejes más relevantes, puede ser la tensión entre el reconocimiento formal de la igualdad y su traducción efectiva en la práctica institucional. La política exterior feminista mexicana se presenta como un marco ambicioso que busca transversalizar la perspectiva de género, promover los derechos humanos y visibilizar a las mujeres en la acción internacional del Estado. No obstante, esta política enfrenta límites claros cuando se observa su implementación dentro de la propia estructura diplomática. La permanencia de techos de cristal, trayectorias profesionales diferenciadas y obstáculos informales al ascenso revela que la igualdad declarada no se ha convertido en paridad sustantiva.
Las barreras que enfrentan las mujeres en la carrera diplomática no se reducen a la falta de normatividad, sino que se sostienen en prácticas culturales, estereotipos de género y redes de poder excluyentes. Los criterios de promoción y reconocimiento continúan favoreciendo estilos de liderazgo asociados con lo masculino, mientras que las mujeres suelen ser relegadas a funciones consideradas secundarias o de apoyo. Estas dinámicas reproducen una estructura institucional que limita la diversidad de voces y experiencias en la representación internacional del Estado, afectando no solo a las mujeres, sino a la calidad misma de la política exterior.
La diplomacia mexicana arrastra una herencia histórica en la que la figura femenina estuvo durante décadas vinculada a roles informales, como el de “esposa de diplomático”, antes que al reconocimiento profesional autónomo. Aunque el acceso formal de las mujeres al Servicio Exterior representa un avance indiscutible, se advierte que la superación de esta herencia no se logra únicamente con el ingreso numérico, sino con transformaciones profundas en los procesos de formación, evaluación y liderazgo. La persistencia de desigualdades revela que la inclusión ha sido parcial y, en muchos casos, condicionada.

