Por Alma Rosa Saldierna
La Organización de las Naciones Unidas, proclamó el 11 de febrero como el día internacional de la mujer y la niña en la ciencia. El objetivo es visibilizar el involucramiento femenino en campos científicos y tecnológicos. Esta conmemoración invita a una reflexión profunda ¿ cuándo comienza realmente la vocación científica?
Considero que la respuesta no está en la universidad ni en el posgrado, se gesta desde antes, en la infancia.
Como profesora universitaria, tengo más de una década en estudiar los procesos de socialización política desde infancias. Y si algo he aprendido es que las actitudes como la curiosidad, el cuestionamiento y el interés en aprender cosas nuevas, la de comprender el mundo, se cimientan en los primeros años de vida. Una investigación no se inicia con una hipótesis, inicia cuando en la infancia te cuestionas ¿por qué? y un adulto es capaz de escuchar y está dispuesto a explicar.
En ese sentido, se tiene la imagen tradicional de hacer ciencia en un laboratorio, con batas blancas, matraces y sustancias químicas. Sin embargo, la ciencia es una forma de observar el mundo, es comparar, es argumentar, analizar, es tener siempre duda y cuestionar todo. Aprende a dudar pero con fundamento y sustentar las ideas con evidencia. De esta manera, cuando a una niña se le enseña a contrastar información, a verificar contenidos y aprende que no todo lo que encuentra en la internet es verdad. Aprende a opinar y argumentar con respeto, este proceso le permite desarrollar habilidades del pensamiento crítico que le acompañarán toda la vida.
Dar visibilidad a las mujeres en la ciencia no es algo simbólico, es una estrategia pedagógica. El mundo científico ha sido predominantemente masculino, y crecimos viéndolos en los libros de texto. Hoy en día las niñas necesitan verse reflejadas en historias femeninas de grandes investigadoras que descubren y transforman realidades, historias como las de Marie Curie o Rosalind Franklin, son realmente inspiradoras, sin duda grandes investigadoras que abrieron camino en sus áreas.
Cuando una niña descubre que la ciencia, involucrarse en el mundo científico no es algo inalcanzable o lejano, es un espacio posible que ampliará su horizonte, no solo es formar científicas en términos profesionales (que esperemos que así sea), es formar mujeres con pensamiento crítico, autonomía intelectual y confianza. Visibilizar en la agenda pública problemáticas inherentes al género, sabemos que lo que no se dice no se ve y por tanto no existe.
Incentivar a que las niñas entren al mundo de la investigación, significa crear entornos donde den rienda suelta a su curiosidad, que el cuestionar todo, no sea señalado sino más bien motivado, que se vea como un logro y que equivocarse es parte del aprendizaje.
Desde casa y en la escuela se puede fomentar con pequeñas prácticas investigativas, enseñar a buscar información, a contrastar, experimentos sencillos a formular hipótesis sobre su entorno, a debatir con argumentos. En un contexto marcado por la desinformación, la sobreexposición digital, apostar por la ciencia es un acto de esperanza y en el caso concreto de las niñas es una responsabilidad y un pacto con el futuro. Cuando una niña aprende a investigar, desarrolla herramientas para no aceptar el mundo como está, sino para comprenderlo y transformarlo. Investigar no es acumular datos, es responsabilidad que impacta en la forma de vivir en comunidad.
En el mes que se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, se debe reconocer a quienes han contribuido a abrir brecha en las universidad y centros de investigación, a todos aquellas personas que en las aulas han despertado e incentivado el observar, preguntar y soñar. Fomentemos la curiosidad, acompañemos y escuchemos a todas esas niñas que en un futuro nos ayudaran a comprender y mejorar nuestro mundo.

