Por Mabel Cárdenas
La geopolítica global del primer mes de 2026 ha podido evidenciar una profunda erosión en las formas establecidas de consenso y cooperación internacional a medida que ocurren diferentes situaciones de antagonismo entre Estados y dentro de los mismos. Lo que solía identificarse como diplomacia abierta y mediación, así como áreas de soluciones multilaterales son ahora condiciones de confrontación abierta y competencia por el poder. Esto no es solo una dinámica de poder expresada en discursos retóricos, sino una dinámica de poder que moldea tanto las relaciones entre estados como dentro de sus respectivas sociedades.
Uno de los casos más relevantes es la reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, que resultó en el arresto del presidente Nicolás Maduro y su esposa, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos criminales en tribunales federales. Esta operación, conocida como Operación Determinación Absoluta, involucró bombardeos y operaciones en Caracas y otras bases estratégicas y recibió el apoyo de la Casa Blanca como una lucha contra el narcoterrorismo. Las respuestas partidistas se han desarrollado: algunos lo ven como una aplicación decisiva de la justicia contra un líder que consideran ilegítimo, y algunos otros, como un desafío flagrante a la soberanía venezolana y al derecho internacional.
La intervención de Estados Unidos no puede distinguirse de ningún otro fenómeno geopolítico: sigue un patrón general de grandes potencias que actúan como imperativos cuando las opciones multilaterales y diplomáticas no son las que consideran adecuadas o no responden a sus respectivas preocupaciones estratégicas. La división entre Estados Unidos y potencias tan dispares como Rusia y China crece, cada una de las cuales defiende su propia visión del mundo, y muchas veces interpretando las acciones del otro como un presagio de agresión imperial.
Al mismo tiempo, Irán enfrenta un momento de intensa tensión interna y amenaza externa. Esas grandes protestas que sacuden al país, impulsadas por razones sociales, económicas y políticas y que rápidamente adquirieron un tono político e incluso opositor de resistencia al régimen clerical, han cobrado la vida de cientos de manifestantes y han llevado al gobierno a tomar represalias con represión brutal y a restringir la comunicación. Tal agitación social tiene lugar en una nación que siempre ha perseguido una narrativa de confrontación con Occidente y cuya relación con Estados Unidos, llena de crónicas y sanciones continuas, se vuelve nuevamente tensa cuando ambas partes se acusan mutuamente y prometen actuar.
La guerra en Ucrania complica esta red de orden geopolítico. El conflicto entre Rusia y Ucrania, que ahora está en su cuarto año, continua como un claro emblema de una política internacional determinada menos por principios compartidos y más por enfrentamientos violentos y la ampliación de esferas de influencia. Moscú había justificado, a sus ojos, su agresión militar en su propio territorio en gran medida porque percibe a Occidente, y a la OTAN en particular, como una amenaza directa a su seguridad. Al mismo tiempo, la captura de Maduro y las dinámicas en Venezuela ofrecen a Rusia narrativas que desafían la legitimidad de las operaciones unilaterales occidentales, pero el Kremlin tiene sus límites para actuar más allá de las sanciones.
¿Qué sugiere este panorama sobre la política internacional actual? Cuando las potencias internacionales han concluido que los mecanismos de consenso, como el derecho internacional, la diplomacia tradicional o las instituciones multilaterales, no les sirven para lograr sus fines estratégicos, responden cada vez más con acciones coercitivas más directas: la geopolítica de la polarización lo demuestra.
La explicación de acciones como la intervención en Venezuela o la presión sobre Irán no proviene del abstracto, sino más bien de una sensación de que una amenaza está presente y la competencia con rivales internacionales se acelera. Pero esta lógica de confrontación viene con altos costos financieros: devalúa la legitimidad del sistema internacional basado en reglas y amplifica las tensiones regionales, y curiosamente, puede amplificar las narrativas internas inspiradas en el autoritarismo que pretenden resistir a las amenazas externas. Además, en una era de discurso polarizado, cuando cada acción es vista como una amenaza existencial por el lado antagonista, la política internacional se está convirtiendo cada vez más en un juego de suma cero con poco espacio para la mediación, el compromiso y la resolución creativa de disputas. Dicho esto, es importante identificar el desafío a la confrontación que se juega en la geopolítica contemporánea de hoy.

