Por: Moncerrat Arango
Existe una dimensión más íntima y silenciosa que define la relación entre la “generación plateada” y su televisor: la soledad. Para entender el consumo de medios en la tercera edad, no basta con mirar los ratings; hay que mirar las salas vacías.
Hoy en día, muchos adultos mayores confiesan que, aunque sus mañanas en los centros geriátricos son activas y sociales, las tardes y los fines de semana se vuelven abismos de silencio. En esos momentos, la televisión deja de ser una caja de entretenimiento para convertirse en una presencia. Muchos la mantienen encendida sin siquiera prestarle atención, simplemente para “escuchar una voz” que mitigue la sensación de abandono.
Este fenómeno explica, con una luz distinta, los hallazgos del estudio realizado por la UANL para el Canal 28. Los datos duros nos dicen que las personas mayores de 61 años son quienes más probabilidad tienen de sintonizar la televisión pública, especialmente en las mañanas. Pero si leemos entre líneas, entendemos que ese horario coincide con el momento en que los hijos trabajan y los nietos estudian; es el horario de la casa sola.
Sin embargo, aquí radica la paradoja y la gran oportunidad de la televisión pública. El estudio de audiencias reveló que este grupo no busca contenidos que los aíslen más, sino todo lo contrario: buscan pertenencia. Entre sus preferencias más marcadas destacan las “historias de vida locales” y las “leyendas y tradiciones regionales”. ¿Por qué estos temas? Porque la narrativa local funciona como un hilo invisible que los mantiene atados a su comunidad, recordándoles que son parte de una historia compartida, de una identidad que sigue viva fuera de sus cuatro paredes.
A diferencia de la televisión comercial, cuyo objetivo es vender, la misión declarada de la televisión pública es la “construcción del tejido social”. En el contexto del envejecimiento poblacional, esta misión adquiere una urgencia vital. Si la pantalla es el único antídoto contra el aislamiento para miles de nuevoleoneses, la programación no puede limitarse a ser ruido de fondo.
La soledad no se cura con distracción, se cura con conexión. La televisión debe ser una ventana sensible que no solo “acompañe”, sino que integre. Cuando un adulto mayor ve en pantalla un lugar que conoce, una tradición que practicó o una historia que resuena con la suya, la soledad se rompe momentáneamente. El reto, entonces, es una barra programática especialmente diseñada para este grupo vulnerable que transforme ese “silencio habitado” en un diálogo activo, devolviéndoles a nuestros mayores la certeza de que, aunque estén solos en su sala, siguen siendo protagonistas de nuestra sociedad.

