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    La paz en retirada: la adopción del lenguaje de la fuerza como nuevo eje de la gobernanza global

    Roberto Guerrero VegaBy Roberto Guerrero Vega2 marzo, 2026Updated:2 marzo, 2026No hay comentarios1 Views
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    Por Roberto Guerrero Vega

    Durante gran parte del siglo XX, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, la arquitectura institucional internacional se edificó sobre una premisa fundamental: la paz no era un resultado espontáneo del equilibrio de poder, sino una construcción política que debía sostenerse mediante normas, instituciones y mecanismos multilaterales. La creación de la Organización de las Naciones Unidas respondió a esa lógica. También lo hicieron los acuerdos de Bretton Woods, el derecho internacional de los derechos humanos y los primeros sistemas regionales de integración. El lenguaje dominante era el de la cooperación, la prevención del conflicto y la solución pacífica de controversias. La guerra no desapareció, pero dejó de ser considerada un instrumento legítimo de ordenamiento estructural del sistema internacional.

    Sin embargo, la historia demuestra que el multilateralismo pacífico siempre coexistió con tensiones latentes. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética articularon un sistema bipolar sustentado en la disuasión nuclear. El Consejo de Seguridad de la ONU funcionaba bajo la sombra permanente del veto y la rivalidad estratégica. Aun así, incluso en ese contexto, la diplomacia y el control de armamentos ocuparon un lugar central en la narrativa política internacional. Los acuerdos SALT, la distensión y los foros multilaterales reflejaban que la paz seguía siendo un horizonte discursivo y normativo, aunque frágil.

    Tras el fin de la Guerra Fría, el discurso multilateral se revitalizó. La expansión de la Unión Europea, el fortalecimiento de misiones de paz de Naciones Unidas y la consolidación de la Organización Mundial del Comercio parecían confirmar la primacía de la cooperación institucionalizada. La llamada paz liberal se presentó como paradigma dominante. No obstante, la literatura especializada comenzó a advertir fisuras estructurales. Autores como Edward Newman analizaron la tensión creciente entre la gestión de la seguridad y los principios normativos de la construcción de paz. Estudios posteriores sobre la crisis del multilateralismo señalaron la pérdida de legitimidad y eficacia de las instituciones internacionales frente a dinámicas de poder emergentes.

    Hoy el escenario es cualitativamente distinto. La paz ya no ocupa el centro del discurso político internacional. En su lugar, se impone un léxico de seguridad estratégica, resiliencia defensiva, contención y disuasión ampliada. No se trata únicamente de un cambio semántico, sino de una transformación estructural en las prioridades de los Estados.

    La invasión de Ucrania por parte de Rusia no solo reconfiguró el equilibrio europeo; reactivó la expansión y cohesión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte bajo parámetros de defensa reforzada. Países históricamente neutrales como Finlandia y Suecia decidieron incorporarse a la alianza atlántica, reorientando su política exterior hacia esquemas explícitamente defensivos. Paralelamente, Estados Unidos, el Reino Unido y Australia consolidaron el acuerdo AUKUS con un claro énfasis en capacidades militares avanzadas en el Indo-Pacífico. Japón ha incrementado sustancialmente su presupuesto de defensa y redefinido su doctrina estratégica. China, por su parte, fortalece su presencia militar en el Mar del Sur de China y consolida alianzas estratégicas que desafían el orden liberal predominante. Rusia impulsa marcos alternativos de coordinación junto a China e Irán, promoviendo narrativas de soberanía estratégica y rechazo al orden occidental.

    El problema no reside únicamente en la reorganización estratégica de los Estados, fenómeno recurrente en la historia internacional. Lo preocupante es que la paz como categoría normativa pierde centralidad. En los discursos oficiales, el término seguridad reemplaza a paz; estabilidad sustituye a justicia; contención desplaza a reconciliación. La gestión del conflicto adquiere mayor prioridad que su transformación estructural. La inversión en gasto militar crece de manera sostenida en múltiples regiones, mientras que los recursos destinados a cooperación al desarrollo y construcción de paz enfrentan restricciones presupuestales.

    La literatura reciente sobre la crisis del multilateralismo advierte que este desplazamiento no es accidental. Responde a un contexto de rivalidad geopolítica intensificada, desconfianza institucional y percepción de amenazas múltiples. Sin embargo, normalizar la lógica de la fuerza como principio organizador de la gobernanza global conlleva riesgos significativos. Cuando la seguridad se convierte en el eje rector, el espacio para el diálogo se reduce y las instituciones multilaterales se ven subordinadas a cálculos estratégicos de corto plazo.

    El antecedente histórico es aleccionador. En la década de 1930, el debilitamiento de la Sociedad de Naciones y la incapacidad de articular respuestas colectivas frente a agresiones territoriales generaron un vacío normativo que fue ocupado por políticas de poder. El fracaso no fue únicamente institucional; fue también discursivo. La cooperación dejó de percibirse como viable y la fuerza volvió a considerarse instrumento legítimo de reorganización internacional. Las consecuencias fueron devastadoras.

    El momento actual no es idéntico, pero presenta resonancias inquietantes. La gobernanza global parece transitar hacia un modelo defensivo, caracterizado por alianzas estratégicas cerradas, fragmentación normativa y competencia tecnológica y militar acelerada. El riesgo no radica solo en la posibilidad de confrontaciones directas entre grandes potencias, sino en la erosión gradual de la cultura política que sostenía el ideal pacífico.

    Replantear la paz como eje normativo no implica ignorar amenazas reales ni desestimar la necesidad de defensa legítima. Implica reconocer que un sistema internacional estructurado prioritariamente en torno a la disuasión permanente genera dinámicas de acción y reacción que alimentan la inseguridad estructural. La gobernanza global requiere mecanismos de seguridad, pero no puede reducirse a ellos.

    La pregunta de fondo es si estamos ante una fase transitoria de ajuste estratégico o frente a una transformación profunda del orden internacional. Si la paz continúa desplazándose del centro del discurso y de la práctica institucional, el multilateralismo corre el riesgo de convertirse en un entramado instrumental al servicio de intereses defensivos, perdiendo su vocación original de prevenir conflictos y promover cooperación estructural.

    La paz no desaparece de manera abrupta. Se diluye cuando deja de ser prioridad. El lenguaje importa porque orienta políticas públicas, asignaciones presupuestales y expectativas colectivas. Cuando la fuerza se convierte en el idioma predominante de la gobernanza global, el horizonte pacífico se vuelve residual. La historia sugiere que reconstruirlo es siempre más costoso que preservarlo.

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