Por Felipe Marañón
El pasado 13 de febrero, justo un día antes del día del amor y la amistad, se conmemoró el Día Mundial de la Radio, proclamado por la UNESCO como un reconocimiento a uno de los medios de comunicación más influyentes del siglo XX y todavía sustantivo en el XXI. La radio no solo informa: acompaña, emociona y construye imaginarios colectivos. En tiempos de plataformas digitales, algoritmos y consumo fragmentado, su vigencia resulta decisiva porque mantiene una cualidad central: la cercanía. La voz, sin imagen, obliga a imaginar. Y en esa imaginación se configuran estereotipos, afectos y narrativas que inciden en la forma en que entendemos el amor, la política y la sociedad.
La radio ha sido históricamente un espacio donde el amor, muy al caso por el pasado 14 de febrero, se dramatiza, se musicaliza y se comercializa. Desde las radionovelas hasta los programas de dedicatorias, el discurso radiofónico ha contribuido a consolidar ciertas ideas sobre cómo se debe amar, quién debe tomar la iniciativa y qué significa el “romance ideal”. Estos relatos, repetidos generación tras generación, han reforzado estereotipos de género: la mujer sentimental y abnegada; el hombre proveedor y conquistador. Aunque la sociedad ha cambiado, muchas de estas representaciones persisten de forma sutil en segmentos musicales, anuncios publicitarios y dinámicas de interacción con la audiencia.
La comunicación radiofónica, por su propia naturaleza íntima, potencia la identificación emocional. A diferencia de la televisión o las redes sociales, la radio se inserta en la cotidianidad: en el automóvil, en la cocina, en el trabajo. Esa presencia constante convierte a los locutores en referentes simbólicos. Su tono, selección musical y comentarios moldean percepciones. Cuando se habla de amor en clave nostálgica o melodramática, se contribuye a reproducir modelos afectivos específicos; cuando se cuestionan esas narrativas, se abre espacio para resignificar el concepto. La radio, por tanto, no solo transmite contenidos: produce cultura.
En el terreno político, los estereotipos también encuentran en la radio un vehículo eficaz. Las campañas electorales han utilizado este medio para reforzar imágenes simplificadas del “buen líder”, de la “madre protectora” o del “hombre fuerte”. La comunicación política radiofónica ha sabido explotar emociones como el miedo y la esperanza, pero también el amor entendido como apego a la patria o a la comunidad. Se observa que el lenguaje radiofónico, al carecer de imagen, depende en gran medida de la construcción verbal de identidades. Así, los estereotipos se instalan no a través de lo visual, sino de la repetición discursiva.
Sin embargo, el Día Mundial de la Radio no debe limitarse a una celebración nostálgica. Constituye una oportunidad para reflexionar sobre la responsabilidad ética del medio. En una época marcada por la polarización y la circulación acelerada de información, la radio conserva una ventaja sustantiva: su credibilidad histórica. Aprovecharla implica cuestionar los estereotipos que aún reproduce y promover discursos más inclusivos sobre el amor, la diversidad y las relaciones humanas. Si la radio ha sido capaz de acompañar guerras, transiciones democráticas y transformaciones tecnológicas, también puede acompañar la transformación cultural hacia narrativas más equitativas.
Amor y radio comparten un elemento central: la voz. Ambos dependen de la palabra que interpela y conmueve. Los estereotipos, en cambio, se sostienen en la repetición acrítica. El reto contemporáneo consiste en utilizar la potencia comunicativa de la radio para desmontar aquellas imágenes que limitan y para amplificar aquellas que liberan. Celebrar la radio es reconocer su capacidad de construir comunidad; pero también es asumir que, en cada frecuencia, se disputa el significado de quiénes somos y cómo queremos amar.

