Por Moncerrat Arango
“¡El mundo está envejeciendo!”, es una frase que escuchamos con frecuencia y que resuena como una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Gracias a los avances en medicina y salud pública, vivimos más; sin embargo, esta transición demográfica nos plantea una pregunta urgente: ¿cómo pasan su tiempo de ocio quienes construyeron la sociedad que hoy habitamos?
En una era obsesionada con la inmediatez de las redes sociales, podríamos caer en el error de pensar que la televisión es un medio en decadencia. Nada más alejado de la realidad, especialmente para nuestros adultos mayores. A pesar del avance de internet, la televisión se mantiene como el medio de mayor presencia y confianza en los hogares mexicanos, superando el 95% de cobertura para la llamada “generación plateada”, que a menudo enfrenta una brecha digital y cierto analfabetismo informático, la televisión tradicional no es una caja obsoleta; es su elemento indispensable de entretenimiento y su ventana al mundo exterior.
La importancia de este medio trasciende el simple entretenimiento; se convierte en un “medio vivo” que combate el silencio. Muchos adultos mayores enfrentan la vejez en soledad, y para ellos, la pantalla encendida funciona como una voz que acompaña, mitigando el aislamiento cuando las redes de apoyo familiar disminuyen. En México, la ley es clara: la radio y la televisión tienen la obligación de difundir cultura y respeto hacia este grupo. Existen esfuerzos loables como “Aprender a envejecer” de Canal Once y “Tiempo Compartido” en la televisión estatal de Nuevo León, pero la oferta sigue siendo insuficiente frente a una demanda que no deja de crecer.
Esta necesidad de contenidos no es una suposición romántica, es una evidencia estadística. Una investigación reciente realizada por el Cuerpo Académico 267 “Medios de Comunicación para la Educación, el Uso de las Tecnologías y el Desarrollo Social” de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) para el Canal 28, confirma que la televisión pública tiene en los adultos mayores a su audiencia más leal. El análisis de audiencias reveló un dato contundente: mientras los jóvenes desconocen la programación estatal, son las personas mayores de 61 años quienes mejor conocen y más consumen los contenidos del canal. Los datos muestran que, a medida que aumenta la edad, crece significativamente la probabilidad de sintonizar la televisión pública por las mañanas.
Pero ¿qué buscan realmente en esa pantalla? El estudio de la UANL desmiente la idea de que el adulto mayor consume cualquier cosa pasivamente. Sus preferencias están marcadas por la identidad y la utilidad. Buscan programas de salud, leyendas y tradiciones regionales, así como historias de vida locales que reflejen su propia experiencia. También mostraron un interés genuino por la cocina mexicana y una curiosa distinción de intereses: mientras las mujeres solicitan yoga y bailoterapia, los hombres muestran mayor interés por las finanzas y la bolsa de trabajo. La responsabilidad social de las televisoras, especialmente las públicas como Canal 28, debe ir más allá de la tiranía del rating comercial. Si está demostrado que la “generación plateada” es quien mantiene encendida la televisión tradicional, tenemos la deuda moral de crear espacios que respondan a sus intereses reales y no a estereotipos. Fomentar un envejecimiento activo implica adaptar los medios a sus usuarios más fieles. Aumentar la producción dirigida a este sector no es solo cumplir un reglamento; es un acto de justicia social para reducir el aislamiento y devolver el sentido de comunidad a nuestros mayores.

