Por Vera Prado Maillard
Si alguien pensaba que la política exterior mexicana en el contexto de la 4T, iba a ser aburrida, claramente no estaba preparado para el episodio semanal donde la presidenta, Claudia Sheinbaum, manda otra ronda de ayuda a Cuba mientras trata de mantener la relación con Estados Unidos tan estable como un matrimonio de adolescentes.
De un lado está la izquierda mexicana, romántica, soñadora, solidaria, convencida de que Cuba es la última resistencia del Caribe, una especie de “abuelo revolucionario” que requiere cariño, asistencia y, de vez en cuando, un barco lleno de petróleo (o muchos).
Del otro lado está la derecha, agarrándose la cabeza como si estuviera viendo un capítulo donde el protagonista comete por enésima vez el mismo error:
—“¡Pero por qué sigues ayudando a Cuba si tú muy bien sabes que eso va a molestar a Estados Unidos!”
Y la izquierda responde:
—“Porque el amor no entiende de sanciones, Enrique.”
Para la izquierda, mandar ayuda a Cuba es un acto noble, casi poético. Hablan de hermandad, dignidad, resistencia histórica. Hasta suena música de Pablo Milanés de fondo.
Pero para la derecha, esto es como ese amigo que siempre invita la ronda con tu tarjeta.
Dicen cosas como:
—“¿Solidaridad? ¡Esto es financiar un museo viviente de la Guerra Fría!” y fortalecer a un gobierno que somete a sus ciudadanos.
Mientras tanto, la izquierda responde sacando un pañuelo para limpiar una invisible lágrima ideológica:
—“Es que Cuba nos necesita.”
Y parte de la derecha piensa:
—“Bueno, también yo necesito pavimentación, seguridad, hospitales, rescatar regiones que viven en pobreza extremea… pero no veo que me manden barcos.”
En otro capítulo México trata de quedar bien con Washington, firmando acuerdos comerciales, atendiendo llamadas importantísimas, simulando trabajar en cooperación…
y de repente, ZAZ, aparece una nota de prensa:
“México envía nuevo cargamento de ayuda a Cuba.”
En ese momento, Estados Unidos gira la cabeza lentamente, como suegro receloso en la cena familiar.
—“¿Eso fue un barco?… ¿Para Cuba?… ¿Otra vez?”
La derecha mexicana sufre más este momento que el propio Washington. Están seguros de que cada envío es un billete extra para la rifa de “Sanción Comercial Sorpresa”, patrocinada por el buen tío Sam.
La izquierda, por su parte, levanta la ceja y dice:
—“Ay, relájense, Estados Unidos no se va a enojar por tan poquito.” ( y le sigue tocando los testículos al toro)
Y la derecha observa el Tratado de Libre Comercio como quien mira una relación tóxica que podría terminar en cualquier momento.

