Por: Moncerrat Arango
Hace poco tiempo, en un parque de Bilbao, España, sucedió algo que sacudió la conciencia de Europa. Una mañana cualquiera, los transeúntes se toparon con una escultura hiperrealista de una mujer anciana sentada sola en un banco. Su nombre era Mercedes. La obra, titulada “Invisible Soledad”, fue una campaña de la fundación BBK para poner rostro a la “epidemia silenciosa” del siglo XXI: el aislamiento no deseado de los mayores. La escultura permanecía inmóvil, bajo el frío y la lluvia, tal como permanecen miles de vidas ancianas ante la indiferencia de una sociedad que camina demasiado rápido.
Si trasladamos esa imagen de Bilbao a la realidad de Nuevo León, la escultura de Mercedes se multiplica por miles, pero con una diferencia crucial: aquí no están en los parques a la vista de todos. Aquí, nuestra “soledad invisible” está resguardada detrás de las paredes de los hogares, sentada en la sala, con un único acompañante fiel: el televisor.
Enfrentamos una realidad desgarradora que bien podría ser el guion de aquella campaña española: nuestros adultos mayores relatan que, si bien encuentran vida y sociedad en los centros geriátricos por las mañanas, las tardes y los fines de semana se convierten en abismos de silencio. En esos momentos, la televisión se enciende no por entretenimiento, sino por supervivencia emocional; se busca “escuchar una voz” que llene el vacío de la casa.
Esta necesidad de conexión humana explica los hallazgos del estudio de audiencias del Cuerpo Académico 267 “Medios de Comunicación para la Educación, el Uso de las Tecnologías y el Desarrollo Social” de la UANL . No es coincidencia que el grupo poblacional de más de 61 años sea el que mayor conocimiento tiene de la programación y el que más la consume. Al igual que la Mercedes de Bilbao, nuestros mayores están ahí, esperando. La diferencia es que su ventana al mundo no es un parque, es la pantalla de un televisor.
Lo más revelador del estudio neoleonés es que, en su soledad, estas audiencias claman por verse reflejadas, por mantener vivos sus recuerdos a través de la música, del olor a comida tradicional neolonesa, y de edificios cargados de historia local. Esto nos dice que no quieren ficción ajena; quieren validar su propia existencia, recordar que pertenecen a esta tierra y a esta comunidad.
El éxito de la campaña española radicó en hacer visible lo invisible. En Nuevo León, la televisión pública tiene la infraestructura y el mandato moral para hacer lo mismo. No necesitamos estatuas de bronce en la Macroplaza; necesitamos una programación que rompa el cristal del aislamiento.
Debemos transitar de una televisión que simplemente “emite” para los viejos, a una que “conecta” a los viejos. Programas que no solo den consejos de salud, sino que generen comunidad, que muestren sus rostros, que cuenten sus historias y que, metafóricamente, se sienten en ese banco junto a ellos para decirles: “Te vemos, te escuchamos y sigues siendo parte vital de nosotros”.


1 comentario
Buena reflexión sobre cómo arrancamos el año entre la rutina, el entretenimiento y la política. Al final, todo forma parte del mismo ciclo, y depende de nosotros cómo lo vivimos y qué importancia le damos a cada cosa.