Por Moncerrat Arango
Anteriormente ya he reflexionado sobre cómo la televisión se ha convertido en el refugio y compañía indispensable de la “generación plateada”. Sin embargo, caeríamos en un reduccionismo injusto si pensamos que nuestros adultos mayores solo encienden la pantalla para llenar el silencio. La realidad es más compleja y desafiante: no solo buscan compañía, buscan utilidad, buscan seguir vigentes.
Existe un estereotipo dañino que imagina al adulto mayor como un sujeto pasivo, sentado inmóvil frente al televisor. Pero los datos recogidos en Nuevo León nos cuentan una historia diferente sobre el anhelo de un envejecimiento activo. La investigación realizada por el cuerpo académico de la UANL para Canal 28 revela que las expectativas de esta audiencia van mucho más allá de la distracción momentánea; reclaman contenidos que les permitan cuidar de sí mismos y de sus economías.
El consumo constante de este medio se debe, en gran parte, a que muchos adultos mayores enfrentan la vejez en soledad. Para ellos, la pantalla no es solo un electrodoméstico, es una voz que acompaña. Pero ¿qué quieren ver realmente? El estudio de la UANL es claro: no buscan simplemente “ruido” de fondo. Sus preferencias, marcadas por su experiencia de vida, se inclinan hacia programas de salud, leyendas y tradiciones regionales, así como historias de vida locales. Este hallazgo es un grito silencioso: nuestros mayores quieren seguir produciendo, moviéndose y administrando sus recursos y no quedarse en el imaginario de pasar su vida sentados viendo como la vida los sobrepasa.
Aquí es donde la televisión pública enfrenta su verdadera prueba de fuego. Si bien la señal de Canal 28 tiene una excelente cobertura técnica, llegando a la gran mayoría de los hogares de la zona metropolitana, el estudio indica que hay un desconocimiento generalizado de la oferta programática, quizás porque la oferta actual no termina de dialogar con estas necesidades específicas de utilidad práctica.
No basta con cumplir la cuota legal de “respeto a los adultos mayores” mencionada en la Ley Federal de Radio y Televisión, la verdadera responsabilidad social radica en transformar la pantalla en una herramienta de empoderamiento. Una televisión pública que sirva a su audiencia más fiel no es solo la que transmite películas del recuerdo, sino la que enseña a navegar la economía actual, la que promueve la salud preventiva y la que conecta la sabiduría de las tradiciones y leyendas locales —otro de los contenidos más solicitados— con las nuevas generaciones.
Tenemos la oportunidad de redefinir el ocio en la tercera edad. Debemos transitar del modelo de “televisión cuidadora” al de “televisión capacitadora”. Si la tendencia demográfica es irreversible y vamos hacia un mundo que envejece, asegurémonos de que la pantalla que miran nuestros mayores les devuelva una imagen digna, activa y, sobre todo, útil para la sociedad que ayudaron a construir.

