Por Mónica Velasco Elizondo
Ser estudiante universitario va más allá de asistir a clases, entregar tareas y realizar exámenes. Cada semestre implica cumplir con entregas, coordinar proyectos, adaptarse a horarios cambiantes, realizar traslados, atender responsabilidades familiares y, en muchos casos, compatibilizar todo ello con un empleo. En medio de esta dinámica, algo tan cotidiano como alimentarse suele quedar en segundo plano. Con frecuencia, la elección de qué comer no responder a criterios de salud, sino a la proximidad de los alimentos, al presupuesto disponible o a la necesidad de consumir algo rápido antes de la siguiente clase.
El estrés también forma parte de esta ecuación. Un estudio publicado por Enfermería Universitaria, de la Universidad Nacional Autónoma de México, reportó que 73.3% de los estudiantes de posgrado evaluados presentaban un nivel moderado de estrés académico. Los autores del trabajo señalan que la relación entre estrés y alimentación es compleja y que no todas las personas responden de la misma manera (Ávila-Nava et al., 2023). Investigaciones más recientes con estudiantes mexicanos han identificado vínculos entre la alimentación emocional y factores psicológicos como la ansiedad y la impulsividad (Bosques-Brugada et al., 2026). En otras palabras, las decisiones frente a la comida no siempre responden únicamente al hambre: las emociones y el contexto también intervienen.
En Nuevo León, analizar estos hábitos adquiere especial relevancia. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua 2022 elaborada por el Instituto Nacional de Salud Pública, indicó que entre los adultos de 20 años o más solo 31% consumía frutas y 38% verduras con la frecuencia considerada en la encuesta. En contraste, 79.3% bebía bebidas endulzadas y cerca de cuatro de cada diez adultos consumía cereales dulces. La misma fuente advierte que este tipo de alimentos, ricos en azúcares y harinas refinadas, se asocia con una mayor ingesta de energía y con el riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad (Instituto Nacional de Salud Pública, 2023). Aunque estas cifras corresponden a la población adulta de Nuevo León y no exclusivamente a universitarios, permiten comprender el entorno alimentario en el que los jóvenes toman decisiones a diario.
Por ello, hablar de alimentación entre universitarios exige ir más allá de indicar qué alimentos son “buenos” o “malos”. ¿Cuenta un estudiante con tiempo para desayunar con calma? ¿Qué opciones encuentra entre una clase y otra? ¿A qué precio? ¿Qué ocurre con su forma de comer durante una semana de exámenes? La alimentación también está determinada por las condiciones que vivimos. Comprender la relación entre estrés, tiempo, emociones, disponibilidad y alimentación puede ser un primer paso para construir entornos universitarios que faciliten decisiones más saludables, en lugar de depositar toda la responsabilidad en el estudiante.

