Por Fernando Miranda
Una de las caricaturas más emblemáticas de finales de la década de los 40 revive a dos de sus principales personajes en la pantalla grande. Durante años nos divertimos y disfrutamos viendo al Coyote fracasar cada vez que intentaba atrapar al Correcaminos mientras lo perseguía por los desiertos del suroeste de los Estados Unidos. Las ocurrencias y los imprescindibles fallos en los ingeniosos productos de la marca ACME caracterizaron la vida del Coyote y una rutina marcada por la esperanza, el autoengaño y un fracaso tan predecible como inevitable.
Mediante una fórmula aparentemente sencilla, un consumidor que se enfrenta a un gigante económico, nos hicieron reír una vez más; sin embargo, en esta ocasión, nos invitan a observar la historia desde otra perspectiva, una que inevitablemente nos hace reflexionar y mirar al Coyote no solo como un personaje de caricatura, sino como una representación de nosotros mismos.
Al principio de la película, un mensaje que nos advierte acerca de los hechos sobre los cuales está basada esta historia nos hace pensar inmediatamente en la polémica detrás de su estreno: un estudio de cine que, como parte de su estrategia fiscal, decide desechar un proyecto cinematográfico ya terminado y que creían bueno, con la intención de pagar menos impuestos. Ante esto, las reacciones y movimientos en redes sociales no se hicieron esperar, provocando que la compañía cediera ante la presión y terminara vendiendo los derechos a un pequeño estudio, logrando, de esta forma, que la película viera la luz.
Hasta aquí, muchos considerarían esto como una victoria: la priorización del más subordinado frente a los intereses de los más poderosos. Algo similar a lo que vive el coyote, quien, al estar cansado de que los productos que consume salgan defectuosos, decide emprender acciones legales contra la compañía que los produce.
Sin embargo, puede que la película esté basada en otra historia, una más cercana a las personas comunes, una que viven millones de individuos todos los días. La relación entre jefes y subordinados. El coyote actúa como una figura que nos representa a la mayoría, una persona que, día tras día, sale en busca de aquello que le da sentido y que, no importa cuántas veces fracase, siempre y cuando no se rinda y siga intentando, algún día, tal vez mañana, esperemos… lo conseguirá.
A mi parecer, el coyote representa algo más: esa figura de la sociedad que, metafórica y literalmente, no tiene voz y no puede ser escuchado; aquellos que las grandes corporaciones simplifican a empleados o consumidores y que han hecho creer que su única función es servir a los más poderosos. Nos han vendido tan bien esa idea que el mismo sistema está diseñado para hacernos creer que, cuando algo falla, somos nosotros los que no sabemos cómo usarlo, o incluso que nosotros mismos somos el problema y no el sistema en sí mismo.
Nietzsche decía que, si uno tiene un porqué de la vida, puede soportar casi cualquier cómo. Y aunque algunos buscan romantizar y vender la idea de que, mientras el coyote o nosotros sigamos levantándonos y esforzándonos sin rendirnos, eventualmente conseguiremos nuestro porqué, cuando somos cuestionados sobre por qué queremos eso, ni siquiera somos capaces de responder porque probablemente ni siquiera son nuestras ideas; más bien, son ideas que nos dijeron.
Noaḥ Harari pensaba que los humanos tenemos libre albedrío siempre y cuando se entendiera como la libertad para hacer lo que deseamos, pero no como la libertad para escoger qué desear. Y no nos culpo porque ¿qué sería de nosotros sin tener algo, un correcaminos al que perseguir todos los días, que nos incite a seguir intentando? Lo que se me hace verdaderamente cruel es vender la falsa idea de que algún día atraparemos ese correcaminos.
Filosófica y socialmente hablando, algunos autores como Aristóteles, Nietzsche, Herbert, Davis y Moore, entre otros, tienen la idea de que alguien debe perder para que otros puedan ganar; ven a la desigualdad y la estratificación social como necesaria, es decir, se requiere de una parte de la población que trabaje y sufra en busca del progreso del conjunto. Y esto es algo evidente al utilizar el Mito de Sísifo de Albert Camus como una alegoría a la rutina que sabemos que el coyote está condenado a sufrir, una rutina que se ve perpetuada por la intervención de grandes corporaciones como ACME y la cual no tienen problema en confesar, y creo que este es el punto central de la película: un discurso donde abiertamente nos dicen que los consumidores son vistos como medios para buscar el beneficio de la compañía, aquello que tachamos de incorrecto cuando lo vemos en la historia de alguien más, pero no tenemos problemas en aceptar en nuestra vida diaria.
Al final de la película, el juicio lo siguen ganando los más poderosos; el coyote sigue sin atrapar al correcaminos, así como su ideal y motivaciones nunca cambian; no hay una redención; la historia termina como empezó. Esto me hace cuestionarme: ¿para quién fue la victoria realmente? Al final, WB vendió los derechos y obtuvo beneficios económicos; controlaron la narrativa pública al “dejar” que la película saliera a la luz y finalmente fue del agrado de la mayoría. Con un mensaje de autocrítica en el que la intención era condenar a las grandes corporaciones, generaron ingresos y obtuvieron lo que querían: convencer a las personas de que le dieron voz a aquellos que no tenían; sin embargo, siempre fue en busca del mejor resultado económico posible.
Y tal vez esto sea lo más triste: lo realmente preocupante es cuando estamos dispuestos a sacrificar incluso aquello que creemos bueno en busca de un mayor beneficio económico.

