Por Dinorah Moreno Marañón
Se habla poco de ello, pero una de las causas del abandono escolar es la violencia que se vive dentro y alrededor de los centros educativos. En muchas comunidades, niñas y niños dejan de asistir por miedo a ser agredidos en el trayecto o dentro del propio plantel. El acoso escolar, las burlas, las humillaciones y la exclusión afectan profundamente la autoestima y la disposición para aprender. A esto se suma la presencia de grupos delictivos en las cercanías, así como la violencia de género que se manifiesta en los espacios escolares, normalizando conductas que impactan el desarrollo emocional.
A esta problemática se añade la precariedad de las condiciones materiales en muchas escuelas. Existen planteles sin infraestructura básica: sin cercas, con baños en mal estado, aulas saturadas o incluso sin acceso continuo a servicios como agua y electricidad. Estos entornos no solo dificultan el aprendizaje, sino que transmiten un mensaje de abandono institucional. Cuando los espacios educativos no garantizan condiciones dignas, resulta difícil sostener la motivación y el sentido de pertenencia de los estudiantes.
Convertir a la escuela en un espacio seguro y propicio para el aprendizaje exige una estrategia integral. Es fundamental implementar programas de prevención del acoso y la violencia de género, establecer protocolos claros de actuación y contar con apoyo psicológico accesible. Asimismo, es indispensable fomentar el diálogo entre docentes, familias y estudiantes para construir entornos de confianza. La inversión en infraestructura básica también es clave para garantizar condiciones mínimas de bienestar.
Además, la seguridad no debe entenderse únicamente como la ausencia de violencia física, sino también como la construcción de un ambiente emocionalmente seguro. Un entorno donde los estudiantes se sientan escuchados, respetados y valorados favorece la participación y fortalece su vínculo con la escuela. La inclusión juega un papel central en este proceso, al reconocer la diversidad y evitar cualquier forma de discriminación o exclusión.
En este sentido, el rol del docente resulta fundamental. Más allá de la transmisión de contenidos, su labor implica detectar señales de riesgo, acompañar procesos emocionales y promover una cultura de respeto. Sin embargo, esta responsabilidad no puede recaer únicamente en el profesorado; requiere el respaldo de políticas públicas, formación continua y recursos suficientes que permitan atender la complejidad del contexto escolar.
Finalmente, construir aulas seguras y significativas es una tarea colectiva. Involucra a instituciones, familias y comunidad en general. Cuando la escuela logra consolidarse como un espacio de cuidado, diálogo y respeto, no solo mejora el aprendizaje académico, sino que contribuye a formar ciudadanos capaces de convivir en sociedad. La educación, en este sentido, no solo transmite conocimientos, sino que también crea las condiciones para una vida digna y en comunidad.

